Semanas después de haber inaugurado esta reedición de mi viejo panfleto, sin más visitas que las de amigos, conocidos y curiosos, las estadísticas no engañan sobre donde está mi casa. En unas pocas horas por ahí estaré. ¡Feliz 2010!

Let me go home
I’m just too far from where you are
I wanna come home

– Michael Bublé, ‘Home’. ‘It’s time’ (2005)

Después de tanto Murakami tenía ganas una distopía al estilo ‘Un mundo feliz’ o ‘1984′. Rebuscando y preguntando he acabado por leer ‘Fahrenheit 451′ -al parecer, una referencia a la temperatura a la que el papel de los libros se quema-, de Ray Bradbury. La contraportada da una idea aceptable de lo que dentro de la novela se puede encontrar,

Fahrenheit 451 cuenta la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminantemente prohibido leer. Porque leer obliga a pensar, y en el país de Montag está prohibido pensar. Porque leer impide ser ingenuamente feliz, y en país de Montag hay que ser feliz a la fuerza…

Puede que sea porque tanto ‘Un mundo feliz’ como ‘1984′ las leí hace ya muchos años, pero ‘Fahrenheit 451′, aun gustándome, me ha dejado más indiferente que las anteriores. A ratos incluso ha sido algo pesada de leer/seguir, tal vez por la traducción, tal vez por el modo de escribir del Sr. Bradbury. Sea como fuere, quería una distopía y es lo que he tenido, encima, con secuela cinematográfica de François Truffaut -cine francés de 1966; habrá que buscar el momento para que no se indigeste-. Con todo es recomendable. Sobre todo el desenlace en el último tercio del libro. Bonito, bonito.

[El Capitán Beatty dirigiéndose a Montag] – Aquí o allí, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? Tenemos ficha de toda su familia. Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y el medio ambiente hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año, la edad de ingresar en el parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos varias falsas alarmas con los McClellan, cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El tío tiene un historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La familía había estado influyendo en su subsconsciente, estoy seguro, por lo que pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosasy se termina sitiéndose muy desdichado. Lo mejor que podría pasarle a la pobre chica es morirse.

- [Montag] Sí, morirse.

Antes de que acabe el 2009 tocará otra novela por el estilo: ‘La guerra de las salamandras’ de Karel Čapek, ‘Nunca me abandones’ de Kazuo Ishiguro, ‘El talón de hierro’ de Jack London, ‘La máquina del tiempo’ de H. G. Wells, ‘Nosotros’ de Evgeny Zamiatin, ‘El señor de las moscas’ de William Golding… ¿Añado algo más a la lista de posibles?

Con motivo de los continuos desplazamientos de estos días, he aprovechando para dar algo del rodaje al bonito y minúsculo iPod con el que nuestra santa empresa nos ha obsequiado estas navidades. Con tanto espacio disponible -en comparación con el móvil, hasta ahora mi leal reproductor portátil- y ya acostumbrado a tirar de Spotify para estos menesteres -y antes de last.fm-, costó lo suyo hacer un filtrado de toda mi vieja morralla en forma de MP3’s estancados en un disco duro portatil.

En el lodazal ha aparecido un diamante: en general Misia, y en particular su álbum ‘Fado’, de 1993, nada menos. Hace un fado raruno esta señora. Para muestras, las versiones del clásico ‘As time goes by’, interpretado en inglés, y del ‘De alguna manera’ de Aute, interpretado en castellano (de ambos hay cortes aquí). Al parecer no le gusta traducir las letras, con el consiguiente y llamativo resultado. Después leí esta entrevista de cuando su último disco, y efectivamente, encaja lo escuchado con sus declaraciones. Merece la pena.

Metidos ya en plena vorágine navideña, no quisiera dejar pasar la oportunidad de utilizar este foro para camuflarme en el mundo de piruletas y gominolas en que se nos ahoga durante estas fechas y, junto con los otros dos madrileños más populares de este movidito 2009 que ya acaba, desearos a todas las gentes de bien unas agradables vacaciones y un próspero 2010.

He añadido estos días otra novela de Murakami a la colección -aunque no la que en un primer momento planifiqué leer-: ‘Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol’. Más de lo mismo -que si gusta no cansa-, está vez en formato novela breve, donde, capítulo a capítulo, Hajime, su protagonista, nos narra su evolución personal, desde su infancia como hijo único, hasta su treintena, con una existencia relativamente feliz, momento en que se reencuentra con Shimamoto, una vieja amiga de la niñez y punto de inflexión en su vida.

Melancolía, misterio, personajes marcados por su infancia/adolescencia, encrucijadas, tensión, desenlace trágico, etc. Los ingredientes presentes en otras novelas de Murakami. Dada mi nula memoria, no sabría con cual quedarme. Eso sí, en comparación con, por ejemplo, ‘Tokio Blues’ o ‘Kafka en la Orilla’, esta novela es más ágil y fácil de leer.

Esta vez leí bolígrafo a mano, así que he podido seleccionar algunos pasajes que tal vez sirvan para hacerse una idea.

[Hajime] Cuando dejé el bar poco antes del amanecer, una lluvia fina caía sobre la avenida Aoyama. Estaba exhausto. La lluvia empapaba muda los bloques de rascacielos que se erguían silenciosos como lápidas. Dejé el coche aparcado delante del bar y volví a casa andando. A medio camino, me senté en una valla y contemplé un gran cuervo que graznaba posado en un semáforo. A las cuatro de la mañana, la ciudad se veía miserable y sucia. La sombra de putrefacción y la decadencia lo cubría todo. Y yo era una parte integrante de ella. Como una sombra impresa en la pared.

[Hajime] Desde la ventana, se veía el cementerio oscuro y, más abajo, en la carretera, los faros de los coches que pasaban. Con el vaso en la mano me quedaba contemplando esa escena. Las horas que iban de la medianoche al alba eran largas y duras. A veces pensaba que llorar me produciría alivio. Pero no sabía por qué llorar. No sabía por quién llorar. Era demasiado egoísta para llorar por los demás, demasiado viejo para llorar por mí.

Y llegó el otoño. Yo había tomado ya una decisión. No podía seguir viviendo de aquella forma. Ésa era mi conclusión definitiva.

[Shimamoto] Imagínatelo: eres un campesino y vives sólo en los páramos de Siberia. Trabajas la tierra un día tras otro. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada. El horizonte al norte; el horizonte al este; el horizonte al sur; el horizonte al oeste. Nada más. Todos los días, cuando el sol sube por el este, vas al campo a trabajar. Cuando alcanza el cénit, descansas y comes. Cuando se oculta tras el horizonte, al oeste, vuelves a casa y duermes.

[...]

A fuerza de mirar, día tras día, cómo el sol se eleva por el este, cruza el cielo y se hunde por el oeste, algo, dentro de ti, se quiebra y muere. Y tú arrojas el arado al suelo y, con la mente en blanco, emprendes el camino hacia el oeste. Hacía el oeste del sol. Y sigues andando como un poseso, día tras día, sin comer ni beber, hasta que te derrumbas y mueres. Esto es lo que se llama histeria siberiana.

Ayer cerré la temporada de viajes 2009 al regresar de mi estancia de cuatro/cinco días en Roma. Cinco años después de la primera visita, y gracias a un anfitrión tan generoso como paciente, he podido volver a la capital italiana a precio de risa. Eso sí, tan completa fue la primera visita que esta vez no tenía mucho más que hacer que dormir, comer y dar algún paseo. Nada de prisas para visitar todo lo visitable, nada de maratones fotográficos. Lo que he vivido estos días debe de ser próximo a lo que se siente estando podre de pasta.

Cinco años después Roma me sigue resultado una ciudad caótica y descuidada, y a la vista de sus habitantes, genéticamente poco deben guardar ya en común con aquellos señores tan listos que se montaron el Imperio.

Visitas turísticas de esas que exijen pasar por caja las justas: el Coliseo y Foro -¡12,00 €!- y el Museo Vaticano -¡14,00 €!-. Más allá de eso, algunos paseos -pocos y cortos, que llegaba yo a Roma con secuelas en forma de agujetas después del tute por el Prado y Escorial días atrás- por rincones ya conocidos y otros nuevos, horas y horas entregadas al sueño, y comida, mucha y buena. Prueba de ello es el siguiente collage, que representa algo así como el 50% de las fotos que este viaje ha dado de si.

Al final de todo viaje queda un poso, un puñado de flecos sueltos que permanecen en la memoria. No iba a ser menos en el caso de Roma; allá donde se camine se acumulan siglos de historia viva. Después de este viaje, mi particular lista de recuerdos es,

  • La pizza de tomate, rúcula y maíz. Tremenda, en particular en la Taverna Le Coppelle, a medio camino entre el Pantheon y Piazza Navona.
  • La salsa carbonara estilo español, es decir, a base de nata -vamos, una cochinada-, al parecer no tiene nada que ver con la verdadera carbonara italiana, donde unos huevos rotos ligando la pasta reemplazan a la nata.
  • Las galletas rellenas de manzana marca Mulino Bianco. ¡Sublimes!

3 huevos, 300 gr. de azúcar ligeramente molido -sin que llegue a ser azúcar glas-, 300 gr. de almendras sin tostar molidas, mantequilla para untar el molde, azúcar glas y dos Cruces de Santiago de cartulina para decorar.

Batir los huevos; incorporar el azucar; seguir batiendo concienzudamente; incorporar la almendra; mezclar todo; finalmente, verter la mezcla en un molde desmontable previamente untado en mantequilla. Cocinar a horno medio (~170°C) hasta que se haga por dentro y tueste por la superficie. Una vez fuera del horno, depositar las cruces de cartulina en la superfice y, con ayuda de un colador, espolvorear de azúcar glas. Finalmente, retirar con cuidado las cruces.

La parte más difícil de todas fue, de lejos, dibujar la cruz con azúcar: retirar la cartulina y no cepillarse el dibujo con el azúcar que sobre ésta se depositaba requirió de varios intentos, hasta concluir que dos cruces superpuestas, retirando la primera sin miedo, y después la segunda, ya limpia de azúcar, con cuidado, era la mejora solución. Hasta llegar a esa conclusión, a falta de botón de undo, no quedó otra que meter una aspiradora en la cocina.