Matando el rato antes de irme a cenar un buen chuletón uruguayo, descubro por casualidad que Tuenti ha finalmente inaugurado su blog técnico y, atentos, lo han hecho con un post de quien aquí les escribe de cuando en cuando. Tan noble y abultado es el orgullo y agradecimiento que me embarga en estos momentos, que no puedo dejar de anunciarlo en este mi panfleto personal, e invitar a todos los que por aquí se pasen a su lectura, que además de ligera y nada técnica, cumple con mi vieja promesa nunca satisfecha de dar algún detalle de mi más destacada contribución a esta red social que tanto me ha dado y que llevaré en el corazón para siempre. Bonito me ha quedado, ¿qué no? :)

Esta mañana, en el avión de vuelta a Capital City, llegaba al punto del libro de Auster que últimamente ocupa mis ratos libres -’Brooklyn Follies’- y que además da título al blogHotel Existence‘, uno de mis blogs amigos. Bonito bonito.

Tom: Dime tú adónde ir, Harry. Estoy abierto a cualquier sugerencia.
Nathan: Un lugar donde vivir como uno quiera. De eso es de lo que estamos hablando, ¿no? Una nueva versión de ‘El Edén imaginario’. Pero para eso tienes que estar dispuesto a renunciar a la sociedad. Eso es lo que me dijiste. Ya hace mucho tiempo, pero creo que empleaste la palabra coraje. ¿Tienes coraje, Tom? ¿Tiene alguno de nosotros el coraje necesario para eso?
Tom: Todavía te acuerdas de ese trabajo mío de la universidad, ¿eh?
Nathan: Me causó gran impresión.
Tom: Por entonces no era más que un pipiolo, aún no me había licenciado. No sabría mucho, pero seguramente era más listo que ahora.
Harry: ¿A qué nos estamos refiriendo?
Nathan: Al refugio interior, Harry. Al lugar adonde acude la gente cuando ya no puede vivir en el mundo real.
Harry: Ah, yo tuve uno. Como to el mundo, supongo.
Tom: No necesariamente. Hace falta una buena imaginación, ¿y cuánta gente puede presumir de eso?
Harry: Ahora lo recuerdo todo. El Hotel Existencia. No tenía más de diez años, pero aún recuerdo el momento exacto en que me vino la idea a la cabeza, el preciso instante en que se me ocurrió ese nombre. Era un domingo por la tarde, durante la guerra. Tenía la radio puesta, y estaba sentado en el salón de casa, en Buffalo, con un ejemplar de la revista Life, mirando fotografías de las tropas estadounidenses en Francia. Nunca había estado en un hotel, pero como había visto muchos por fuera cuando mi madre me llevaba al centro sabía que eran sitios especiales, fortalezas que protegían de la miseria y las mezquindades de la vida cotidiana. Me encantaban los hombres de uniforme azul que estaban frente al Remington Arms. Adoraba el brillo de la molduras de las puertas giratorias del Excelsior. Me atraía la inmensa araña que colgaba en el vestíbulo del Ritz. La única función de un hotel era ofrecer comodidades y bienestar a la gente, que nada más firmar el registro y subir a la habitación podía tener todo lo que quisiera con sólo pedirlo. Un hotel representaba la promesa de un mundo mejor; más que un edificio, era una oportunidad, la ocasión de vivir dentro de los propios sueños.
Nathan: Eso explica lo del hotel. Pero ¿de donde sacaste la palabra existencia?
Harry: La oí por la radio aquel domingo por la tarde. No estaba escuchando el programa con mucha atención, pero el locutor hablaba de la existencia humana, y me gustaron esos términos. La leyes de la existencia, decía la voz, y los peligros que debemos afrontar a lo largo de nuestra existencia. Esa palabra era más larga que vida. Abarcaba la vida de todos los individuos en conjunto, y aunque tú vivieras en buffalo, en el estado de Nueva York, y nunca te hubieras alejado más de quince kilómetros de casa, también formabas parte de ese enigma. No importaba que llevaras una vida insignificante. Lo que te pasaba era tan importante como lo que le ocurría a cualquier otro.