Mar
11
Esta mañana, en el avión de vuelta a Capital City, llegaba al punto del libro de Auster que últimamente ocupa mis ratos libres -’Brooklyn Follies’- y que además da título al blog ‘Hotel Existence‘, uno de mis blogs amigos. Bonito bonito.
Tom: Dime tú adónde ir, Harry. Estoy abierto a cualquier sugerencia.
Nathan: Un lugar donde vivir como uno quiera. De eso es de lo que estamos hablando, ¿no? Una nueva versión de ‘El Edén imaginario’. Pero para eso tienes que estar dispuesto a renunciar a la sociedad. Eso es lo que me dijiste. Ya hace mucho tiempo, pero creo que empleaste la palabra coraje. ¿Tienes coraje, Tom? ¿Tiene alguno de nosotros el coraje necesario para eso?
Tom: Todavía te acuerdas de ese trabajo mío de la universidad, ¿eh?
Nathan: Me causó gran impresión.
Tom: Por entonces no era más que un pipiolo, aún no me había licenciado. No sabría mucho, pero seguramente era más listo que ahora.
Harry: ¿A qué nos estamos refiriendo?
Nathan: Al refugio interior, Harry. Al lugar adonde acude la gente cuando ya no puede vivir en el mundo real.
Harry: Ah, yo tuve uno. Como to el mundo, supongo.
Tom: No necesariamente. Hace falta una buena imaginación, ¿y cuánta gente puede presumir de eso?
Harry: Ahora lo recuerdo todo. El Hotel Existencia. No tenía más de diez años, pero aún recuerdo el momento exacto en que me vino la idea a la cabeza, el preciso instante en que se me ocurrió ese nombre. Era un domingo por la tarde, durante la guerra. Tenía la radio puesta, y estaba sentado en el salón de casa, en Buffalo, con un ejemplar de la revista Life, mirando fotografías de las tropas estadounidenses en Francia. Nunca había estado en un hotel, pero como había visto muchos por fuera cuando mi madre me llevaba al centro sabía que eran sitios especiales, fortalezas que protegían de la miseria y las mezquindades de la vida cotidiana. Me encantaban los hombres de uniforme azul que estaban frente al Remington Arms. Adoraba el brillo de la molduras de las puertas giratorias del Excelsior. Me atraía la inmensa araña que colgaba en el vestíbulo del Ritz. La única función de un hotel era ofrecer comodidades y bienestar a la gente, que nada más firmar el registro y subir a la habitación podía tener todo lo que quisiera con sólo pedirlo. Un hotel representaba la promesa de un mundo mejor; más que un edificio, era una oportunidad, la ocasión de vivir dentro de los propios sueños.
Nathan: Eso explica lo del hotel. Pero ¿de donde sacaste la palabra existencia?
Harry: La oí por la radio aquel domingo por la tarde. No estaba escuchando el programa con mucha atención, pero el locutor hablaba de la existencia humana, y me gustaron esos términos. La leyes de la existencia, decía la voz, y los peligros que debemos afrontar a lo largo de nuestra existencia. Esa palabra era más larga que vida. Abarcaba la vida de todos los individuos en conjunto, y aunque tú vivieras en buffalo, en el estado de Nueva York, y nunca te hubieras alejado más de quince kilómetros de casa, también formabas parte de ese enigma. No importaba que llevaras una vida insignificante. Lo que te pasaba era tan importante como lo que le ocurría a cualquier otro.
Jan
9

‘La Guerra de las Salamandras’ es la novela más conocida del checo Karel Čapek, contemporaneo y compatriota de Kafka, al parecer, junto con el Sr. Kafka, uno de los mejores autores checos del siglo XX, y a la vista de esta novela, un cachondo mental que en su momento consiguió no caer nada simpático a la Gestapo. Como curiosidad, además el Sr. Čapek y su hermano, son quienes en su momento acuñaron el término ‘robot’.
‘La Guerra de las Salamandras’ es una distopía, pero de aires diferentes a las más conocidas que hasta ahora había leído. Escrita en el previo a la Segunda Guerra Mundial, toda la novela es una parodia de la sociedad capitalista, el fascismo y la explotación laboral -sí, esto lo he copiado de la contraportada-. Es la narración de una apocalipsis absurda en la que cada capítulo profundiza en las diferentes vertientes de la estupidez humana. En fin, ahí queda la contraportada para los interesados,
Un capitán descubre una especie de salamandras inteligentes en la costa de Sumatra. Les enseña a hablar y con el tiempo se convierten en mano de obra barata para los empresarios de Occidente… Pero llega un momento en que ya no están dispuestas a aceptar esta situación y reclaman el lugar que creen que les corresponde dentro de la escala evolutiva. Escrita en 1936, esta sátira ironiza sobre el capitalismo sin escrúpulos, la explotación laboral, la carrera armamentística y el fascismo.
Dec
28

Después de tanto Murakami tenía ganas una distopía al estilo ‘Un mundo feliz’ o ‘1984′. Rebuscando y preguntando he acabado por leer ‘Fahrenheit 451′ -al parecer, una referencia a la temperatura a la que el papel de los libros se quema-, de Ray Bradbury. La contraportada da una idea aceptable de lo que dentro de la novela se puede encontrar,
Fahrenheit 451 cuenta la historia de un sombrío y horroroso futuro. Montag, el protagonista, pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, paradójicamente, no es la de sofocar incendios sino la de provocarlos para quemar libros. Porque en el país de Montag está terminantemente prohibido leer. Porque leer obliga a pensar, y en el país de Montag está prohibido pensar. Porque leer impide ser ingenuamente feliz, y en país de Montag hay que ser feliz a la fuerza…
Puede que sea porque tanto ‘Un mundo feliz’ como ‘1984′ las leí hace ya muchos años, pero ‘Fahrenheit 451′, aun gustándome, me ha dejado más indiferente que las anteriores. A ratos incluso ha sido algo pesada de leer/seguir, tal vez por la traducción, tal vez por el modo de escribir del Sr. Bradbury. Sea como fuere, quería una distopía y es lo que he tenido, encima, con secuela cinematográfica de François Truffaut -cine francés de 1966; habrá que buscar el momento para que no se indigeste-. Con todo es recomendable. Sobre todo el desenlace en el último tercio del libro. Bonito, bonito.
[El Capitán Beatty dirigiéndose a Montag] – Aquí o allí, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? Tenemos ficha de toda su familia. Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y el medio ambiente hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año, la edad de ingresar en el parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos varias falsas alarmas con los McClellan, cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El tío tiene un historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La familía había estado influyendo en su subsconsciente, estoy seguro, por lo que pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosasy se termina sitiéndose muy desdichado. Lo mejor que podría pasarle a la pobre chica es morirse.
- [Montag] Sí, morirse.
Antes de que acabe el 2009 tocará otra novela por el estilo: ‘La guerra de las salamandras’ de Karel Čapek, ‘Nunca me abandones’ de Kazuo Ishiguro, ‘El talón de hierro’ de Jack London, ‘La máquina del tiempo’ de H. G. Wells, ‘Nosotros’ de Evgeny Zamiatin, ‘El señor de las moscas’ de William Golding… ¿Añado algo más a la lista de posibles?
Dec
15

He añadido estos días otra novela de Murakami a la colección -aunque no la que en un primer momento planifiqué leer-: ‘Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol’. Más de lo mismo -que si gusta no cansa-, está vez en formato novela breve, donde, capítulo a capítulo, Hajime, su protagonista, nos narra su evolución personal, desde su infancia como hijo único, hasta su treintena, con una existencia relativamente feliz, momento en que se reencuentra con Shimamoto, una vieja amiga de la niñez y punto de inflexión en su vida.
Melancolía, misterio, personajes marcados por su infancia/adolescencia, encrucijadas, tensión, desenlace trágico, etc. Los ingredientes presentes en otras novelas de Murakami. Dada mi nula memoria, no sabría con cual quedarme. Eso sí, en comparación con, por ejemplo, ‘Tokio Blues’ o ‘Kafka en la Orilla’, esta novela es más ágil y fácil de leer.
Esta vez leí bolígrafo a mano, así que he podido seleccionar algunos pasajes que tal vez sirvan para hacerse una idea.
[Hajime] Cuando dejé el bar poco antes del amanecer, una lluvia fina caía sobre la avenida Aoyama. Estaba exhausto. La lluvia empapaba muda los bloques de rascacielos que se erguían silenciosos como lápidas. Dejé el coche aparcado delante del bar y volví a casa andando. A medio camino, me senté en una valla y contemplé un gran cuervo que graznaba posado en un semáforo. A las cuatro de la mañana, la ciudad se veía miserable y sucia. La sombra de putrefacción y la decadencia lo cubría todo. Y yo era una parte integrante de ella. Como una sombra impresa en la pared.
[Hajime] Desde la ventana, se veía el cementerio oscuro y, más abajo, en la carretera, los faros de los coches que pasaban. Con el vaso en la mano me quedaba contemplando esa escena. Las horas que iban de la medianoche al alba eran largas y duras. A veces pensaba que llorar me produciría alivio. Pero no sabía por qué llorar. No sabía por quién llorar. Era demasiado egoísta para llorar por los demás, demasiado viejo para llorar por mí.
Y llegó el otoño. Yo había tomado ya una decisión. No podía seguir viviendo de aquella forma. Ésa era mi conclusión definitiva.
[Shimamoto] Imagínatelo: eres un campesino y vives sólo en los páramos de Siberia. Trabajas la tierra un día tras otro. A tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, no hay nada. El horizonte al norte; el horizonte al este; el horizonte al sur; el horizonte al oeste. Nada más. Todos los días, cuando el sol sube por el este, vas al campo a trabajar. Cuando alcanza el cénit, descansas y comes. Cuando se oculta tras el horizonte, al oeste, vuelves a casa y duermes.
[...]
A fuerza de mirar, día tras día, cómo el sol se eleva por el este, cruza el cielo y se hunde por el oeste, algo, dentro de ti, se quiebra y muere. Y tú arrojas el arado al suelo y, con la mente en blanco, emprendes el camino hacia el oeste. Hacía el oeste del sol. Y sigues andando como un poseso, día tras día, sin comer ni beber, hasta que te derrumbas y mueres. Esto es lo que se llama histeria siberiana.
Nov
30

Este último finde tocó matar bastantes horas de espera entre aeropuertos y aviones. Para no desperdiciarlas aproveché para añadir a mi colección particular otra novela más del Sr. Murakami: ‘After Dark’.
Recomendable, pero con un estilo diferente a todo lo anterior que he leído de Murakami. La naracción es muy ágil, con un punto cinematográfico en tiempo real. Toda la acción transcurre en unas pocas ubicaciones durante una noche en la gran ciudad.
Desde poco antes de la medianoche hasta el amanecer del día siguiente las vidas de un puñado de personajes se cruzan. No hay un principio y final definidos. Los personajes se van descubriendo, adaptándose a las reglas y ritmo vital de la noche, intercambiando sentimientos y acercándose entre ellos. El narrador nos transporta entre ubicaciones e historias, hace conjeturas sobre lo que en cada momento está ocurriendo, enfoca nuestra atención como si del operador de una cámara se tratase. Muy original.
Como es habitual es las obras de Murakami, hay periódicas referencias al jazz -empezando por el propio título-, que al parecer es su género musical preferido, y algunos apuntes cinematográficos. De estos últimos me he anotado ‘Alphaville’, la película preferida de Mari, la protagonista de la novela. Cine francés a consumir en pequeñas dosis si no se quiere correr el riesgo de idiotización y conversión al género gafapasta más hardcore.
Suelo transcribir en estos casos la contraportada del libro de turno para dar una idea, pero es tan mala, que dejo un extracto de una conversación que me ha gustado.
Mari, ¿sabes una cosa? [pregunta Kôrogi] El suelo que pisamos parece muy firme, pero, a la que pasa algo, se te derrumba de golpe. Y a la que te hundes, sanseacabó. Ya no hay vuelta atrás. Luego lo único que te queda es ir viviendo sola en el mundo de abajo, entre tinieblas.
Próximamente se avecinan más horas de tedio aeroportuario así que mañana mismo me haré con una copia de otra novela de Murakami. En concreto, ‘Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo’. Es un tochazo cosa mala que llevo tiempo aplazando, pero tiene tan buena crítica que seguro merecerá la pena. Informaré puntualmente.
Oct
28

Otro más de Murakami para el montón: ‘Tokio blues / Norwegian wood’, ‘Sputnik, mi amor’, ‘Kafka en la orilla’, y ahora añado a mi colección particular ‘Sauce ciego, mujer dormida’. En realidad, antes de este último debería mencionar ‘After the quake’, un panfletillo breve, pero que compré en inglés y que me ha dado mucha pereza terminar. En todo caso, lo que diferencia a estos dos últimos de todos los anteriores es que no son novelas, sino colecciones de relatos más o menos breves. El propio Murakami, fiel a su particular estilo, lo explica en el primer párrafo del prólogo/presentación del libro.
Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesoro. El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente. [...]
– Haruki Murakami. Prólogo de ‘Sauce ciego, mujer dormida’.
Lo he leído de forma tan atropellada/desordenada que no me ha dejado el mismo buen sabor de boca que los anteriores. Además, la permanente ruptura de ritmo entre relato y relato, sin tiempo para desarrollar el ambiente característico de las las novelas de Murakami, no juega a favor del libro. En cualquier caso, me ha gustado y es totalmente recomendable. No deja de tener los ingredientes para encantarme: ‘[...] crea personajes inolvidables, enfrentados al dolor o al amor, o melancólicos, vulnerables y necesitados de afecto. Murakami en estado puro‘.
